Rafael Vallbona: "Una historia sola no es nada, hay que convertirla en relato"

Rafael Vallbona (Barcelona, ​​1960) sigue fiel a la acidez y cierto pesimismo lúcido que le acompaña e impregna sus palabras. Se define como un "hombre antiguo" cuando nos encontramos, lamentando haberme hecho esperar 10 minutos antes de la entrevista. Acaba de ganar el premio Sant Joan de Novel·la por La casa de la frontera, una saga familiar situada en Puigcerdà que abarca cinco generaciones. Nos sentamos en una terraza de la Supermanzana del Poblenou, en un día gris que parece anunciar el otoño.


Me gustaría hablar de las tres ideas básicas de La casa de la frontera: casa, frontera y el siglo XX. ¿Por qué querías tratar estos temas en tu novela?


Yo creo que, de hecho, son dos temas que llevan a un tercero. Por un lado está la idea de casa, de estirpe, de contar la historia de una familia. La otra es la frontera, el territorio. Y estas dos ideas te permiten hacer un fresco del siglo XX. El concepto de familia se debe a que cuento la historia de 5 generaciones, desde el final de las guerras carlistas hasta nuestros días, unos años con una transformación brutal, y una familia que vive en medio de la frontera, entre las aduanas francesa y española. El territorio, la frontera, es un lugar que me fascina, un lugar de interregno y mezcla que no se sabe bien de quién es, y que está habitado por gente que va a parar allí en busca de una última esperanza o un último renacimiento. Gente bastante rara, un poco perdida, diletante.


¿Y por qué es tan importante el siglo donde pasa todo esto?


Cuando terminan las guerras carlistas deja de ser peligroso ir por los caminos. Una vez alguien me dijo que al final de las guerras carlistas se inventó el turismo [risas]. Esto me provocó el atractivo de hacer este relato, porque era una visión periférica. Estas historias se cuentan desde el centro, desde la capital, y se crea la sensación de que la gente de la periferia sólo vive la historia como víctima o como espectador. ¡No, no, no! Se puede ser protagonista de la historia desde la periferia. Y ahora puede sonar ridículo hablar de Puigcerdà como la periferia, porque lo tenemos a hora y media, pero hasta 1986 no era así, había que tragarse toda la Collada de Toses.


Además, Cerdanya es en sí una anomalía geográfica, un valle que es frontera entre países pero que físicamente no tiene delimitaciones claras, un espacio de mezcla.


Cerdanya tiene dos estados: España y Francia, dos provincias: Lleida y Girona, dos partidos judiciales: La Seu d’Urgell y Puigcerdà ... Todo en un único valle, una llanura muy ancha que se va encajonando siguiendo el curso del Segre, prácticamente hasta Martinet. Tiene una dinámica propia. Yo encontré un documento que me facilitado el gran historiador de Cerdanya, Jean-Louis Blanchon, de un gobernador que envió una carta a París diciendo que los ceretanos estaban perdidos, que no se podían afrancesar. Los dejaba por inútiles. Pero hoy en día, siguen siendo así, la República Francesa ha abdicado de cuidar todo lo que queda por debajo de Pau, Tolouse, Nimes y Montpellier. Les da igual. Ni puto caso. Históricamente, los políticos franceses no han hecho mucho caso del territorio.

¿Cómo llegas a la historia de la familia Grau y cómo has tejido el relato?

He tardado años en hacer esta novela, 9 años desde que el abuelo de mis amigos me cuenta que él hacía una sopa que se llama porrosalda que le enseñaron los vascos que estuvieron en su casa durante la guerra. Esto me activó la nariz, pude oler que había una historia. Después de una cierta investigación con muchas luces y sombras - llegué a pensar que Ricard estaba mayor y tal vez fuera de sí - pero no. En el archivo de Salamanca hay un documento que explica que hubo delegaciones del gobierno vasco instaladas en el comedor de mis amigos, en el comedor de la casa de la frontera. Me hizo mucha ilusión poder demostrar que el señor Ricard no estaba equivocado. He tenido que hacer una búsqueda documental grande y muchas entrevistas con Carme para tener la historia completa. Pero una historia sola no es nada, hay que articularla y convertirla en un relato. Sobre todo, hay que construir el tiempo.


¿Entramos en la pregunta de la ficción y la no ficción, o ...?


A mí es una pregunta que se me escapa mucho. No sé si hay una frontera muy clara, yo lo que cuento está documentado, pero yo he articulado el tiempo narrativamente. Lo que hay es una vocación narrativa, que creo que es lo más importante. Cuando yo estudiaba primero de periodismo, el 3r día de clase, la profesora Petra María Secanella - enorme persona con una paciencia enorme - nos estaba explicando las 5W y la pirámide invertida. Y cuando terminó, yo levanté la mano y le dije: "perdone, ¿cuándo empezaremos a hablar de Tom Wolfe, Hunter S. Thompson, los nuevos periodistas ...? ". Me miró aterrada pensando “ya me ha tocado la rata sabia del curso”. A mí me importa la narrativa, contar historias. Si luego son realidad o son ficción… no pongo frontera. Quizás creemos que el lenguaje periodístico es el que se explica a una rueda de prensa haciendo mil cosas a la vez. No establezco tanto la diferencia entre periodismo y novela como entre un texto bien hecho y mal hecho.


Yo hablaba del límite de los hechos y lo que no son hechos. Más allá del lenguaje.


Yo no puedo demostrar algunas cosas que cuento, no sé si Miquel fue al ensayo general del Palau de la Música de 1936. No he tenido la posibilidad, ni ganas, de demostrar esto, porque no he querido hacer un relato fiel a la realidad. Es que tampoco me ha preocupado, no lo he de publicar en un diario como información.


Ya que hablamos de periodismo, tú has pisado varias redacciones y me gustaría que habláramos del papel de los medios el 17 de agosto, el día de los atentados. ¿Qué análisis haces de cómo actuaron los medios ese día?

Yo establecería dos puntos de vista muy diferentes. El primero es el del profesional, en un medio grande o pequeño. El trabajo de los periodistas ha sido ingente, muchísimos han dejado las vacaciones y han vuelto, eso te reconcilia con el oficio. Y hay gente que ha hecho más horas que un reloj sin saber si le pagarán y que lo ha hecho para contribuir a dar el servicio público que siempre deben dar los medios de comunicación. Yo, desde aquí, no tengo ningún elemento que me haga dudar. Al contrario, la profesión ha sacado lo mejor de sí misma.

Dicho esto...


El papel de los medios ha sido mucho más discutible. Los medios tienen unos propietarios, no nos engañemos, sean públicos o privados. El papel de los medios ya estaba contaminado previamente, estaba claro que no podía ser mejor de lo que ha sido. La posición se sabía de sobra, y quién no lo sabía era burro, o bobo, o necio. Quién no sabía que sería así es que no sabe en qué mundo vive. Todas las cabeceras tienen una posición previa respecto el momento político en Catalunya, y cualquier cosa que pase en una situación límite será utilizada por unos y otros. Si incluso se ha utilizado el ascenso del Girona para hacer política. ¡El equipo del Procés, decían! Esto se lo cuentas al entrenador, y flipa pepinillos. Las cosas han sido violentamente envenenadas, y a mí me duele que sea así, pero no me parece extraño. Cuando el coordinador de redacción de El Periódico dijo que aquella información fue filtrada por dos ex consellers, me cuadró todo. Pero insisto, una cosa son los profesionales y la otra la propiedad privada de los medios. Aquí se aplica el sentido más primario del concepto marxista de la economía: tú tienes los medios de producción y yo tengo la fuerza de trabajo, nos ponemos de acuerdo y me pagas un sueldo. También es cierto que, como la historia del país corre a un ritmo vertiginoso, de lo que ocurrió hace 15 días ya no nos acordaremos. La opinión pública tiene memoria de pez: 3 segundos.


Más allá de las politizaciones partidistas de los medios, también me gustaría hablar de todas las mentiras que se dijeron el día de los atentados. Como se hizo de altavoz de todo lo que circulaba en las redes de manera indiscriminada, sin escrúpulos. Cayeron prácticamente todos los medios un día u otro.


Esto es síntoma de la urgencia y de la precariedad en la que se trabaja. Hay mucha demanda de información y pocos profesionales para elaborarla. Se trabaja a lo bruto, todo el mundo se cree cualquier cosa. Esto hace que la información sea de menor calidad. Una sola persona asiste a una rueda de prensa al tiempo redacta la información, y cuando terminan tienen que hacer un stand-up y encima hacer fotos. ¡Es de locos! Luego está la competitividad, que yo siempre he combatido. Esto hace que si uno dice algo, el otro debe pasarse aún más. Siendo agosto, con audiencias bajas, sabes que con lo salvas el share el mes, y se mete carne a la parrilla como sea, algunos la metieron muy cruda.


Lo que sorprende es que no haya consecuencias.


Nadie rinde cuentas. Perdona, nadie ha pedido razones al Banco de España, que se equivocó y nos costó una pasta. ¿Y a los del Banco Popular? Esta sensación de poder hacer lo que quieras es un síntoma de la globalización, del neoliberalismo. El ultraliberalismo se ha cargado el capitalismo, el capitalismo ha fracasado al igual que el socialismo. En los medios de comunicación podríamos tener presente la idea de la libertad de expresión, pero se hace un uso pernicioso, algo perverso. Quien se llena la boca de libertad siempre es la derecha autoritaria: libertad para mí, para ti ya veremos. Los medios deberían hacer autocrítica, y sus consejos editoriales consisten en aplaudir el trabajo de la dirección. Si a esto le añadimos que la capacidad de interpretación de la realidad por la opinión pública es cada vez menos crítica... Es normal, la avalancha es tan grande que no tenemos tiempo de pensar en nada, hemos pasado de no interesarse nos la información a querer ser nosotros fuentes. Son gilipolleces.

¿Hay alguna esperanza entonces?


¡Sí, sí! Hay que formar como sociedad a la gente para la interpretación de los medios, debería ser una asignatura, hay voces que lo piden. En bachillerato, por ejemplo. Estar informado es una responsabilidad ciudadana, pero luego aquí se impone lo que resalta más... En fin. Quizás tengo una visión trágica de la vida, pero no me va mal. Y si me caigo, digo: "¡estaba escrito que tenías que caer, Vallbona!". Yo soy consciente de que soy del mundo de ayer, como diría Zweig. Yo vivo en un mundo cada vez más pequeño, y ya no me queda espacio para poner los pies.

¿Esta desconexión entre el mundo de ayer y el mundo de hoy ha existido siempre?


Es muy diferente. Mi generación era enfrentamiento, nos enfrentamos a nuestros padres, intentamos arrastrarlos hacia la transformación del mundo que queríamos hacer. Ellos eran hijos de la derrota absoluta, del fracaso, y los quisimos arrastrar, o hacerlos cómplices. Ahora yo creo que esta falta de entendimiento generacional no es producto de un enfrentamiento. Creo que es pasotismo. Por parte de las dos generaciones: la tuya y la mía. Sois la generación mejor preparada que hemos tenido. ¡Yo a tu edad sólo había ido hasta Andorra! Tengo confianza porque creo que vais a enderezar lo que estamos viviendo y que dejareis el mundo mejor de lo que lo encontrasteis.

Por último, te pido que elijas una palabra.


País. Para mí, mi país no es un ente político, no está limitado por fronteras, policías, pasaportes, banderas, escudos o leyes. Yo a todo esto no le debo ningún tipo de fidelidad, a nada. Mi país es mi lengua, mi cultura y la civilidad que he conocido a través de ello. Aquí las fronteras quedan muy difuminadas, pero si a algún concepto me gusta tenerle cierta fidelidad (tampoco sagrada) es mi cultura y mi lengua. El resto, son cosas circunstanciales.

Texto y fotografías: Oriol Soler

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