Josep Maria Bunyol: "La acumulación nos convierte en diógenes culturales"

Josep Maria Bunyol (Barcelona, ​​1975) hace años que se dedica a hacer guiones y hablar de series y cine en diversos medios de comunicación. Recientemente ha publicado Historias de portada, un libro que hace una recopilación contextualizada de las películas que han tratado de una manera u otra el periodismo a lo largo de la historia. Con él hablamos mucho del séptimo arte y de periodismo, pero también de series, de referentes culturales de cada generación y de las formas de consumo audiovisual. Quedamos frente a los cines Verdi de Gràcia y nos sentamos en la terraza de una heladería.

En la introducción del libro hablas de por qué se entienden cine y periodismo, y el vínculo que une estos dos mundos aparte de la temporalidad. ¿Qué relación hay entre estas dos disciplinas?

En diferentes grados, cine y periodismo son dos maneras de contar una historia, es lo que intentamos analizar en el libro. Al final se trata de llegar al público comunicando, y una película no deja de ser un relato periodístico llevado al grado máximo de subjetividad. Muchas películas llevan aquello de "basado en hechos reales", pero eso no quiere decir que no haya licencias de ficción. Y al revés: aunque tú crece una historia de cero que no se base en la realidad, muchas veces se intenta hacer una crónica histórica de una época (la nuestra, o una anterior), con relatos verosímiles. Y hay que tener en cuenta que haciendo un relato periodístico, como no existe la objetividad, no tenemos la Verdad en mayúsculas. Son dos maneras de contar una historia con herramientas similares. Y a nivel audiovisual, un relato televisivo, un documental y una película tienen muchos puntos de contacto. Por eso tenía mucho sentido hacer un libro que uniese cine y periodismo.

La Verdad no existe, pero la introducción dices que el Nuevo Periodismo, en mayúsculas, sí existió y que todos los grandes autores de los 60 'y 70' en Estados Unidos utilizaron los recursos de la ficción para explicar el mundo que les rodeaba.

Sí, de hecho todos los autores del Nuevo Periodismo serían un equivalente a lo que es la literatura y la prensa escrita a lo que son al cine autores como David Lynch o Cronenberg, que tienen elementos surrealistas o oníricos que recuerdan a Tom Wolfe o Hunter S. Thompson, que utilizaban la onomatopeya para contar lo que vivían de forma totalmente subjetiva. O a veces de lo que vivían en su propia piel, como Günter Wallraf en Cabeza de Turco. En el cine también hemos visto periodistas que acaban siendo carne de su propia obra para explicar una realidad. La gente del Nuevo Periodismo hacía arte, hacía literatura. Y es un debate pensar si el periodista se debe dejar ver tanto o si tiene que estar al servicio de la historia.

El cine ha reproducido este arquetipo de periodista, siempre hombre, que fuma y bebe whisky y tiene una visión muy cínica y pesimista del mundo. ¿Hasta qué punto el cine ha idealizado esta figura?

Yo pienso que sí, que ha ayudado mucho, y en el libro reflexionamos mucho sobre este arquetipo. El cine americano, desde los 40 'y 50' ha modelado mucho este personaje que es verdad que siempre es hombre. Aunque hay que decir que el cine clásico cultivó mucho más la imagen de la mujer fuerte y comprometida con su trabajo, más de lo que lo han hecho los directores de las épocas posteriores. Pero sí, está la imagen de escritor maldito, de periodista cínico que hace parar las rotativas, que no cree mucho en las facultades o en la escuela sino que cree en la calle... Muchos tienen un punto canalla, como el Kirk Douglas de El gran Carnaval, un periodista canalla hasta extremos muy exagerados y que muchos años antes de que llegue el sensacionalismo en la prensa él ya está explotando una desgracia ajena para convertirse en una estrella y llegar al gran público.

Antes de la era Murdoch y todo.

Todos tienen en mente el Pulitzer, y hay algunos que están dispuestos a lo que sea por este galardón. En películas así, estos personajes bordean la legalidad porque desprecian la formación académica y reivindican la formación en la calle y en las redacciones. Actualmente seguimos teniendo periodistas que quieren ser estrellas del rock, muchos programas son vistos o muchas columnas son leídas por quien sale o quien escribe, no por el tema que se trata. Esto no es necesariamente malo, pero siempre hay un equilibrio entre el quién y el qué.

Desde Ciudadano Kane hasta Spotlight, ¿qué  película crees que refleja mejor el estado actual de las redacciones o cómo se han transformado los mecanismos para procesar la información?

Las redacciones también han sido un espacio muy mitificado, y es un hecho que parte del cine americano de los años 70'. Claro, tenemos un hecho fundamental como el Watergate que se representa a la perfección en Todos los hombres del presidente. Que dos periodistas del Washington Post hicieran dimitir a un presidente de Estados Unidos como Richard Nixon ayudó mucho a idealizar la profesión de periodista, y se percibía la redacción como un espacio frenético, de actividad constante, con imágenes con mucha profundidad de campo y humo de tabaco. Los últimos 30 años ha convivido esta idealización con la visión más canalla. De hecho, Spotlight no creo que sea muy representativa del estado actual de la profesión...

Actualmente no hay medios que tengan periodistas investigando durante meses un solo tema como el Boston Globe de Spotlight.

Aquí en Catalunya se ha hecho muy buen periodismo de investigación, pero actualmente no es así y muchas de las cosas que se destapan venden de filtraciones. Además, todo debe ser mucho más cutres de lo que pintan las pelis, no creo que los papeles de Bárcenas o las filtraciones del GAL se hicieran de manera tan impresionante. Los últimos años no creo que muchas películas muestren la profesión, tal vez me iría a La Sombra del Poder, donde un personaje hace de blogger y hay una dicotomía entre el periodismo clásico y las nuevas formas de periodismo digital. La inmediatez sale como tema a tener en cuenta. Los últimos años tenemos desde la visión nostálgica del George Clooney en Buenas noches y buena suerte, y luego está El precio de la verdad, que explica el caso real de un periodista que se lo inventaba todo. Las fuentes, las historias... todo. Y es un caso real, ¡eh! En esta convivencia de medios y necesidad de la inmediatez hay parte de las trampas del periodismo actual. Aparte de la falta de recursos y sueldos, claro.

Quizá la última temporada de The Wire es la que mejor expresa ese momento, con el editor de local del Baltimore Sun. Un poco al contrario de lo que ocurre en The Newsroom, donde el personaje es un desastre en su vida privada pero profesionalmente es idealista y batalla contra todos saliéndose siempre con la suya.

Sí, pero eso es culpa de Aaron Sorkin, que siempre crea personajes perfectos, también le pasó en El Ala Oeste de la Casa Blanca. Estoy muy de acuerdo con lo que dices, la última temporada de The Wire se debería pasar a las facultades de periodismo. Es sensacional, y el personaje más negativo, Scott Tempelton [un personaje de la serie que se inventa algunas fuentes, maquilla frases y manipula la información en beneficio propio y consigue un Pulitzer a pesar de la indignación de su editor de local, que nunca confía en él. El director y el propietario del diario, en cambio, están encantados con la proyección y el empuje que tienen sus reportajes], lo interpreta Tom McCarthy, ¡que es el director de Spotlight! Como actor mostró la peor parte de la profesión, la más egoísta y egocéntrica y como director la más comprometida con el trabajo. Me parece muy curioso este camino, y el libro es un hombre que sale citado varias veces. Para entender los riesgos del periodismo hay que ver The Wire y no The Newsroom, que lo pasa todo por el filtro del glamour. The Wire la crearon un periodista y un policía, y de hecho es una serie que tiene mucho de crónica. Lou Grant, en su momento, hizo que se llenaran las facultades de periodismo.

De hecho te quería hablar de series, para que a tu otro libro, Yo también veía Dragon Ball, se habla mucho de cómo los referentes culturales de la juventud ayudan a crear identidades comunes e imaginarios colectivos. ¿Hasta donde llega esa influencia?

Del mismo modo que la visión del periodismo que tenemos tiene mucho que ver con cómo lo ha retratado el cine, también es evidente que las series que hemos visto de pequeños hacen un papel similar. Nos hace tener visiones similares de muchas cosas, y estos referentes hacen que haya identidad colectiva. En nuestro caso, somos la generación que creció con el nacimiento de TV3. Pero eso de las etiquetas generacionales es muy delicado y un poco molesto, ahora salen los millenials, o los ni-nis... Soy bastante alérgico a ello, el referente compartido es Dragon Ball, que sirve para gente de 30 y 40 años. Lo que hemos visto la televisión o hemos escuchado la radio de jóvenes - en mi caso, El Terrat o Pasta Gansa – sabemos que eso crea un espacio compartido. La música también cumple esta función, el típico mantra de los "himnos generacionales". Crea memoria colectiva, es tan importante como la propia lengua u otras identidades.

Ahora se consume cultura de manera muy diferente dependiendo de la edad: entre las sesiones dobles en el cine y Netflix hay un desencaje muy bestia entre generaciones que se llevan 40 o 50 años. ¿Hay algo que pueda hacer de bisagra a que estos imaginarios colectivos tengan algún vínculo entre gente de diferentes edades?

Más que una cuestión generacional, es el interés de cada uno para conocer mundos que no han sido suyos. Ahora ya no se pasa la tarde en el cine, es evidente, consumimos a la carta y no te puedes quedar a dos películas porque, a no ser que te escondas en los lavabos, te echan. Quien ahora tiene 20 o 30 años no ha vivido esas cosas, pero puedes mantener el interés. Algunas veces he dado clases de historia del cine y estudiantes de publicidad - a quien presupones inquietud audiovisual - me decían que ver cine en blanco y negro les provocaba dolor de cabeza. Puede que no quieras ir a sesiones dobles en el cine, pero conocer los hitos básicos es muy importante. Y muchas pelis las pueden disfrutar espectadores actuales.

Es más un tema de código o lenguaje, ¿no?

De inquietud cultural. Ahora, el boom de las series ha hecho que la gente sólo vea las más nuevas, parece que las series comenzaran con Twin Peaks o Los Soprano. Antes hay Lou Grant, o Canción Triste de Hill Street. Ahora lo que queda bien es ver las nuevas series de Netflix y ver todos los capítulos en un fin de semana, pero así nos perdemos series de gran valor.

También la oferta se ha multiplicado muchísimo.

Sí, hay que escoger entre cientos de series si quieres ver una. Decenas de series muy buenas, es verdad. Pasó algo parecido cuando se empezó a consumir música en plataformas digitales: esta acumulación de oferta nos convierte en diógenes culturales. El efecto de acumulación, de acceder a todo, nos reafirma pero muchas veces nos satura y no sabemos por dónde tirar. Por ello es necesario y está bien reivindicar todo lo que se ha hecho hasta ahora. Es básico en momentos como ahora, donde parece que el más nuevo es lo más importante. La gente que presume de "yo lo he visto y tú no". Este tema... No sé, veo críticas de series con spoilers totalmente innecesarios. Parece que sea una incitación a consumir rápido. Hemos perdido la paciencia como espectadores, los vídeos de Youtube de 6 minutos nos parecen largos. Y capítulos de una hora también. Es un ritmo impuesto por la televisión americana, con pausas y todo.

Por último, te pido que elijas una palabra.

Ficción. Es muy reivindicable, e incluso poniéndole ciencia delante es muy bonita. Para mí la ficción, personal y profesionalmente, es un refugio, el refugio de un mundo que habla de cosas que podemos entender. Reivindico la ficción en un momento en el que vivimos muy absorbidos por la actualidad, donde las tertulias sobre los hechos pequeños acaban siendo un mundo, y al final también creamos ficción. Reivindico la ficción desde el inicio para enseñar, entretener y emocional. También la literatura, las películas... Cuando con la ficción te emociona es maravilloso, llorar en el cine es una de las cosas más terapéuticas que hay. La ficción aparece en nuestras vidas de manera diaria, pero cuando eres consciente de que vas a consumir ficción puedes respirar porque sabes que durante un rato estarás en casa, en un lugar que te acoge. La vida se debe vivir, pero no la concibo sin una parte de ficción.

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Adrià Calvo

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