Jaume Pla: “La mejor manera de aprender a hacer teatro es ver como un actor pisa el escenario”

Cómo me gusta Sagarra cuando hace dir aquello en la muerte del Conde Arnau. (Las luces bajan de intensidad, suena música de Beethoven y recito):

Obriu el finestral que fa un bon dia,

deixeu que em toqui una miqueta el sol,

veig l’aglevat i la rodalia

i algun ocell menut que trenca el vol.

I això que esguardo airosament m’estreba,

ara que em priven d’arriscar-hi el peu,

i me n’adono que la terra meva

és tan ben fet de pertot arreu!

Ai, muntanyoles, degotants rieres,

arbres menuts, caminalets de pau,

tant que conec tresqueres i dreceres,

i em costa tant de dir l’adéu-siau!...

És ben trist de girar sempre l’esquena

i ser bèstia de cau o de pendís!

És ben trist no mirar! Val tant la pena,

d’estimar tot això del meu país!...

Ran de finestra un roquerol xisclava,

quan varen cloure els ulls del Comte Arnau.

I el cel era d’un blau que esgarrifava!

D’un blau, que feia angúnia de tan blau

Con estos versos, que nos recita a media entrevista, Jaume Pla Pladevall (Vilassar de Mar, 1928) acaba la obra Abans que pugi el teló, un monólogo escrito por Víctor Alexandre, expresamente para que lo interprete Pla, y que supone un repaso a su carrera de 60 años. El pasado 22 de mayo, Jaume Pla la interpretó ante un Teatro Romea lleno a rebosar. La función fue un homenaje al actor catalán en activo de más edad, y contó con la presencia del actor Josep Maria Pou, que hizo de maestro de ceremonias y reconoció el trabajo de toda una vida de Jaume Pla. Esta conversación es, prácticamente, una función privada de la obra. Un auténtico lujo.

El día del Teatro Romea fue un éxito. Subí al segundo piso del teatro antes de empezar la función, cuando estaba vacío, y me hizo mucha impresión. Y al acabar la obra, todo el teatro, los 554 espectadores se pusieron de pie para aplaudir.

Y todos vinieron a verte solamente a ti. Porque estabas solo, ¿verdad?

Sí, sí, claro. De vez en cuando aparece un adjunto para traerme cosas, pero sí, estoy solo. Aquel día estaban Pou y Carles Canut, que vinieron a presentarme. Canut es el director del Teatro Romea, y también de programación del teatro. Y a Pou, que yo creo que es uno de los mejores actores de España, le pedí si me quería presentar la función y me dijo que viajaba mucho porque trabaja mucho pero que miraría de combinárselo. Y resulta que estaba haciendo una película en Tenerife, cogió el avión para venir el día antes de la función por la noche y el día siguiente volvió a marcharse a Tenerife. Esto es un acto de voluntad y de amistad espléndido.

Supongo que es un reconocimiento enorme que te reconozca, precisamente, Josep Maria Pou, ¿no?

Por supuesto. Ya nos conocíamos, de hace muchos años. No he actuado nunca con él porque no he tenido la suerte de hacer las obras que ha hecho él. Pero, cuando le dieron el Premio Gaudí de Honor de este año, en qué hizo un parlamento precioso, yo le felicité por teléfono y le dije que me sentía totalmente identificado con la primera parte del discurso. Y resulta, que cuando vino a hacer la presentación de mi función al Teatro Romea la leyó. Dice así:

En primer lugar, en nombre de aquellos que ya mayores, en edad respetable, en activo o jubilados, con muchos más méritos que yo, con mucha más carrera a sus espaldas de la que pueda tener yo, no han tenido nunca la oportunidad de subir aquí arriba a recoger un premio, compañeros que mantienen la vocación intacta, que tal vez no han tenido la suerte de un buen papel en su mejor momento, compañeros de pequeños papeles, a quienes les gusta su trabajo y son felices con lo que hacen, compañeros que abrieron camino y ahora sufren los rigores de una jubilación raquítica, en nombre de ellos lo acepto y con ellos lo comparto.

Fue muy emocionante. Preparó tan bien el ambiente... Y Canut, y la alcaldesa de Sant Cugat, Mercè Conesa, que habló como Presidenta de la Diputación de Barcelona. Fue un gozo.

¿Todo este reconocimiento que recibiste, en especial de Pou, también lo notas de todo el resto de la profesión?

No. No porque estén en mi contra, pero es que en esta profesión nos ignoramos. Cada cual va a lo suyo. Yo invité a todo el mundo a través de la Asociación de Actores y... Vino, que me gustó mucho, Juanjo Puigcorbé, como Consejero de Cultura de la Diputación, y vino algún otro actor, Enric Majó, porque es amigo mío, Mingo Ràfols... Pero, en general no. Me telefoneó el Presidente de la Asociación de Actores Profesionales de Catalunya, que es Àlex Casanovas. Pero como profesión, dentro del gremio, no. Por ejemplo, al teatro, a los estrenos, si los invitan, los actores van, pero durante el resto de funciones no van. La profesión no va al teatro. 

¿Cómo puede ser que un actor no vaya al teatro? ¿No es la mejor manera de aprender?

Eso mismo, sí señor. Pues no van. Pou, que es un entendido, un día hizo unas declaraciones en qué dijo que la mejor manera de aprender a hacer teatro es ver cómo un actor pisa el escenario. Y yo, siguiendo este ejemplo he ido y voy cada semana a ver una obra de teatro. Incluso de las obras que no me gustan he aprendido cosas, porque pienso que aquello no lo haré nunca. Pero, en general, no ves actores de teatro en el teatro. Y esto, que en Barcelona tenemos muchos teatros y grandes salas como el Auditori, etc. Y aquí viven grandes actores de teatro. No les interesa.

Y del público, ¿notas este reconocimiento? Sobre todo ahora, que estás haciendo esta obra...

Hombre, claro que sí, claro que sí. Ya hace dos años que estamos haciendo esta obra. La función del Romea fue la vigésima. Durante los dos años que hace que la estoy haciendo he ido adquiriendo experiencia y conocimientos. Porque, como digo en la obra, y es muy cierto, y Pou opina lo mismo, de 300 funciones de una misma obra nunca habrá ninguna igual. Siempre hay una cosa diferente. Siempre. La obra es la misma, el texto es el mismo, el director es el mismo, el actor es el mismo, el decorado es el mismo, pero el público no. El público es nuevo. Siempre es diferente. Lo forman personas diferentes que compran su entrada, que traen consigo mismos sus problemas, que se sientan en las mismas butacas, con la esperanza de que los liberes del peso de la vida real durante 60, 80, 90 minutos.

¿Y esto lo notas cuando estás encima del escenario? ¿Notas la diversidad de espectadores y de público?

¡Hombre! Y cuando estás solo todavía más. Porque te regalan 60, 80, 90 minutos de su vida. Te los regalan a ti, precisamente a ti. Porque, claro, cuando actúas con una compañía de 10 actores, pues, uno viene porque es amigo de aquel, el otro del otro, etc. Pero cuando estás tú solo en escena quiere decir que vienen a verte solamente a ti. Notas el bullicio, el ambiente... Cuando empieza la obra, y digo “Ya he cumplido 89 años de repicados” y, me miro al espejo y digo “He de reconocer, por eso, que no puedo quejar. Me miro al espejo y pienso... ¡Hombre, tampoco está tan mal! Lo digo porque hay veces que encuentras a alguien de tu edad con el que hacía años que no coincidías y piensas... Pobrecido, ¡cómo ha perdido! ¡Si parece otro! En cambio yo, mira, voy tirando”. Y cuando dices esto, si escuchas cómo la gente ríe y sonríe, quiere decir que ya los has enganchado. Y el día del Romea, como me hicieron unas presentaciones tan buenas, la gente lo sentía todo, reía, se emocionaba, y esto es fantástico. Te creces. Cuando acabo, digo esto del público: “Percibes cómo escuchan, cómo ríen, cómo se emocionan, y te das cuenta de que no puedes vivir sin ellos, porque el teatro es tu vida, y ese público es el que te sigue y te regala una hora de su vida para venirte a ver”.

¿Es lo que hace que quieras continuar siendo actor hasta que puedas?

Claro que sí, hasta que pueda. Sí, sí. También digo que la profesión de actor es la única en que no tendrías que retirarte nunca. Porque siempre  habrá un personaje que tenga 80 años. Y no puede ser que le pongan una peluca a un chico de 40 y le hagan hacer de abuelo. Yo creo, y en la obra también lo digo, que mientras no pierda la cabeza y las piernas me aguanten, seguiré actuando.

Hablemos un poco de tu carrera. Tú has hecho un montón de cosas: Espriu, Shakespeare, Chéjov, Brecht, series de televisión, cine, etc. ¿Con que te quedas de todo esto?

Chéjov. Sí. Porque es un autor extraordinario. Yo digo que es el Mozart del teatro. Cualquier papel suyo es bueno. Chéjov es conocido por sus cuatro grandes obras, largas: El jardín de los cerezos, La gaviota, Las tres hermanas y El tío Vania. Ahora hacen Ivánov en el Lliure pero es otra obra, más juvenil. Pero, estas cuatro son las clásicas, las hacen en todo el mundo. Pero, además, Chéjov tenía obras cortas, de un acto, divertidísimas, satíricas, de la época del mundo nórdico. Yo hice una cuando empecé. Empecé en el teatro profesional en 1955, cuando ingresé en una entidad que se llamaba Agrupación Dramática de Barcelona (ADB), en pleno franquismo claro. Éramos un grupo de actores y actrices de la burguesía catalana, porque trabajábamos sin cobrar. Y el director de esta compañía tuvo el buen gusto de buscar obras internacionales, que no se hacían en España. Por ejemplo, Chéjov. Y las hacíamos siempre en el Romea. El franquismo tenía odio contra la lengua catalana y lo censuraba todo. No  había ninguna obra que saliera entera, de la censura. Y algunas las prohibían. En catalán, además, sólo podíamos hacer tres funciones de cada obra. Por lo tanto, las hacíamos en los mejores teatros del país, los más grandes, porque es donde cabe más gente: el Liceu, el Palau de la Música, etc.

Hablabas de esta censura, represión, persecución del catalán, etc. ¿Cómo era hacer teatro en aquella época?

Con una lucha constante. Estábamos perseguidos. Pedir permiso siempre. Hicimos La cantante calva en catalán, que era una obra que la estrenamos en el Romea y que la gente no entendió porque era muy del teatro del absurdo, y que la representamos por todo el país. Esta obra, que hace muchos años que se hace en París y que se continúa haciendo, porque es un clásico, la llevamos a la censura y cómo no la entendieron nos la dejaron hacer toda. Fuimos a Rubí, y cómo había un alcalde fascista nos la prohibió, a pesar de que no sabía de qué iba. Porque no entendió nada. Hicimos la Ópera de los tres centavos en catalán, también, y nos tacharon muchas cosas. En el ensayo general las hacíamos como nos habían dicho, porque era cuando venían, y después ya las hacíamos con el texto completo. También nos suspendieron, el día del estreno, la obra Asesinato en la catedral. Dijeron que era comunista. Nuestro director fue a Madrid y los convenció para que nos la dejaran hacer. Entonces, los de aquí se enfadaron y suspendieron nuestra compañía. Nos hicieron desaparecer.

Y ahora, cuando hace tantos años de todo, y después de todos los esfuerzos y toda la lucha de tanta gente, cuando ves las trabas que el Gobierno Español, principalmente, está poniendo a la cultura (IVA Cultural, Ley Mordaza, etc.) ¿qué  piensas?

Que ha vuelto el franquismo. Que estamos en la época de Franco. Sí, sí, sí. Teóricamente hay democracia, pero el tema cultura no lo toleran. A Montoro, que es quien puso el 21% de IVA a todas las ramas de la cultura (música, teatro, cine, danza, libros, etc.), pero no a los toros... Se le escapó, cuando se pensaba que tenía el micrófono cerrado, que “El teatro no es cultura, es entretenimiento. Los toros son cultura. Los toros son la fiesta nacional. Y, además, les ponemos el 21% de IVA, que se jodan. ¿Porque conocéis a alguien del teatro que nos vote?”. Y es verdad. No conozco a nadie del mundo del teatro, música, danza, cultura en general, que vote el PP. Como mínimo, si lo votan, lo esconden. Si ellos no saben ni qué es el teatro. El Ministro Wert no iba a la gala de los Goya porque sabía que le dirían de todo. Y a Rajoy, sólo hay que verle. Le preguntan por las películas nominadas a los Goya y no había visto ninguna. No les interesa. ¿Teatro? Ni idea. Le preguntan qué lee, y dice el Marca.

Antes hemos repasado un poco toda tu trayectoria, inmensa. ¿Tienes la sensación que te ha quedado algo por hacer?

Yo he hecho muchas obras de Chéjov, que para mí es el gran autor de teatro. Hay una, El jardín de los cerezos, que es un clásico y que trata sobre una familia aristocrática rusa que lo ha perdido todo y que tiene que vender su finca porque se inicia la caída del zar y la revuelta de los plebeyos. Salen muchos personajes, y uno de ellos es el mayordomo, que sale al final de la obra, y que va vestido con levita. Y en la obra, en el reparto dice que tiene que tener mínimo 79 u 80 años. Y esto, que Chéjov murió con 43 años. Esto quiere decir que se lo imaginaba muy, muy viejo. Porque en aquella época la gente moría mucho más joven. Y yo tengo todavía la esperanza de poder hacer este personaje, porque es una obra que se hace a menudo. Y el del mayordomo es un papel de un personaje secundario, pero que acaba la obra. Y por lo tanto, todos los grandes actores europeos lo han querido hacer. Es un papel precioso.

Sería una buena manera de despedirse de los escenarios.

¡Hombre! Yo lo voy diciendo en todas partes. Seguro que Sergi Belbel, o Xavier Albertí, o uno de estos grandes directores la vuelven a hacer. El último Jardín de los cerezos que se ha hecho lo dirigió Lluís Pascual cuando hicieron la despedida del Teatro Lliure de Gràcia para hacer el nuevo de Montjuïc, hace unos 30 años. Yo lo fui a ver enseguida a Pascual, y Carlota Soldevila, que era muy amiga mía, me lo presentó. Le dije que me encantaría hacer el personaje del mayordomo pero ya había cogido otro actor... Yo lo hubiera hecho mejor... (Ríe). Después se  han hecho otras versiones, pero la buena fue la del Lliure. Y ahora, he oído que Emma Vilarasau, que vive aquí en Sant Cugat, y que es un pedazo de actriz, dice que le gustaría mucho hacer el papel de la protagonista, que tiene unos 60 años, como ella. Todas las grandes actrices lo han hecho este papel. Y si la hacen, la hará Belbel, que es su director. Y ahora estoy pendiente de ver si encuentro a Belbel y se lo puedo decir.

Volvamos a la obra que estás interpretando: Abans que pugi el teló. Es un repaso biográfico a tu persona pero también podría serlo a cualquiera otro actor de avanzada edad. Al final, ¿es un reconocimiento a la profesión?

Exacto. Sí. El autor lo dice. Es la biografía de un actor mayor que está a punto de hacer la última función de su vida. La obra transcurre en el camerino del actor y explica que aquella será su última obra porque ya tiene 89 años y no quiere que la gente le vea decrépito en el escenario. Hay una frase que dice: “No me gustaría arrastrarme por los escenarios y que todo el mundo diga: pero ¿adónde va este buen hombre? Si está para que le saquen en un capazo a tomar el sol. Uy no, eso sí que no. ¡Ni hablar! Por nada del mundo querría dar lástima”. Entonces dice que echará mucho de menos el teatro porque forma parte de su vida, etc. Y, en el camerino hay un teléfono, y dice que precisamente aquella noche será muy especial porque aparte de ser su última obra puede que sea el día más importante de su carrera porque “puede ser que me concedan el Premio Nacional de Teatro, y me hace muchísima ilusión. Ya me podría morir. Es la noticia que estoy epserando”. Y va entrando el ayudante a traerle cosas, etc. Y siempre que entra le pregunta si han llamado. Al final, cuando faltan 15 minutos se acaba de vestir, dice el último verso precioso de Sagarra y acaba diciendo: “Qué pena, esta noche si hubiera ganado el Premio Nacional, hubiera sido una noche redonda”. Tiene mucho calor, nervios, sufre del corazón, etc. Y al final se sienta para descansar, se va desvistiendo, y de repente, se queda quieto. Pasan unos diez segundos... Y suena el teléfono. Y baja el telón.

Sin palabras…

Es tan auténtica, y tan verosímil... que a la gente le encanta. Yo ya cuento con que la gente me aplaudirá, pero que la gente se levante de golpe, a la primera, y empiecen a aplaudir... Es la mejor prueba que les ha gustado.

¿Has pensado en el día en que tendrás que vivir este momento que ahora estás interpretando?

Dependerá de si me sale trabajo o no. Mientras vaya aguantando y me vaya saliendo trabajo... Piensa que de mi edad, de 80 y pico de años, casi no hay actores. Por ejemplo, Montserrat Carulla, que tiene 87 años, durante dos años ha hecho una obra que le ha escrito su hijo, y ha llenado teatros, etc. Ha tenido mucho éxito, y ahora resulta que la volvió a hacer en el Teatro Borràs y tuvo que decir que hasta aquí. Porque a pesar de haberla hecho durante dos años ya no memoriza lo bastante para poder hacerla. Y lo que hace para no retirarse es dar recitales de poesía. Y lo hace muy bien, pero tiene que leer. Pero en general de esta edad ya no hay más actores. Por lo tanto, yo mientras pueda... Lo que me falta son bolos. Mientras me vayan saliendo, yo lo iré haciendo. No es que me haya acomodado. Cada vez que la volvemos a hacer la volvemos a ensayar, etc. En septiembre  tenemos una función en Calaf, y estamos en negociaciones con Cardedeu. La gente se piensa que lo hacemos gratis, pero tenemos que pagar a los técnicos, el decorado, el traslado, etc. Yo no me llevo nada. Pero es muy poco lo que pedimos, lo pueden recuperar con las entradas.

Supongo que, al final, y más en esta edad, lo continúas haciendo por placer, ¿no?

Claro. Si lo continúo haciendo es porque me gusta, porque es mi vida. Cada vez que interpretas una obra, ésta porque es la misma, pero las otras, te pones en la piel del personaje. Y yo he vivido centenares de personajes, centenares de vidas. Algunos más buenos, algunos más malos, etc. Te pones en la piel del personaje. Hago lo que llaman el método Stanislavski. Tú te pones en la piel del personaje y eres el personaje.

Para acabar, Jaume, me tienes que decir una palabra.

Amor. El amor, porque si tienes amor tienes gente que te quiere. Hace 62 años que estoy casado con mi mujer y nos seguimos queriendo. Y tenemos cinco hijos y mantenemos este amor entre todos. Porque la vida es esto: quererse, comprenderse y compartir. Y todo esto es a través del amor.

Texto: Pau Franch

Fotografías: Albert Gomis

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