Catalina Gayà: "Nuestra responsabilidad es visibilizar historias para contar cómo vivimos"

Catalina Gayà (Sant Joan, Mallorca, 1975) es periodista. Acaba de publicar El Mar es tu Espejo en Libros del KO, una historia sobre cómo tripulaciones de barcos quedan abandonadas en diferentes puertos del Mediterráneo, un reportaje fruto de una investigación que comenzó en el año 2009. Es un libro que habla del capitalismo salvaje y del vacío, que crea imágenes descarnadamente reales utilizando las alegorías del lenguaje marítimo, pero sobre todo es un relato periodístico que explica un conflicto invisibilizado. Para resumirlo, muchas tripulaciones quedan estancadas en un puerto sin recursos ni opciones, a bordo de barcos envejecidos que no pueden hacer el camino de vuelta por distintos motivos. Los trabajadores no pueden volver a sus países, y sólo lo hacen aquellos que tienen dinero suficiente y pueden pagarse el transporte. Empresas e instituciones abandonan por completo estas tripulaciones, y en el año 2009 había al menos 500 en el Mediterráneo. Catalina trabajó durante años haciendo crónica urbana en El Periódico, ha colaborado en de periodismo literario latinoamericanos, fue alumna de García Márquez, es profesora en la UAB y forma parte del colectivo de acción periodística SomAtents. Vive en Mallorca, pero quedamos en su piso del Raval, en el que ahora viven dos ex alumnos suyos desde que ella volvió a Sant Joan hace poco más de un año, cuando fue madre. Para hacerse un dibujo real de la conversación es necesario decir que la Catalina fue profesora de quien pregunta en tercero de carrera, concretamente en la asignatura de periodismo cultural, donde nos abrió las puertas de la subjetividad, la mirada y el periodismo literario.

¿Cómo llegas a las historias de las tripulaciones abandonadas?

Creo que fue un mes de junio. Conocí un marinero abandonado en el Puerto de Barcelona, ​​y para mí este marinero es dos cosas: por un lado es un señor que yo ya me lo encuentro en tierra, ya que Stella Maris, Ricardo Rodríguez Martos, ya lo había convencido para salir del barco, y que por tanto ya había pasado lo peor, que fue el abandono durante nueve meses en la embarcación. Este hombre había hecho fuego con palés dentro del barco, había estado nueve meses solo, sin electricidad ni comida. Así que por un lado es una gran historia. Pero por el otro es una colleja.

¿Por qué?

En ese momento yo hago crónica de la ciudad en un periódico que no me pone ninguna traba, El Periódico, y yo, que considero cronista, veo que ha habido una historia a diez minutos de mi casa que no había encontrado. No una historia, ¡un drama! Y un drama que me conecta mucho con el año 2009, que es donde se empieza a hablar del problema de los desahuciados, un momento en el que empezamos - yo, al menos - a tener perspectiva entorno al capitalismo. La historia de este marinero es la historia de cómo el capitalismo salvaje puede llegar a anula una persona, como la marina mercante puede abandonar a una trabajador a la deriva. Esto a mí me sacude mucho. Yo hacía crónica, y nuestra responsabilidad es visibilizar historias para explicar cómo vivimos. Por otra parte, era como el prólogo de la historia que vendría después, la crisis más explícita: EREs, desahucios, preferentes... Es un momento de bofetón fuerte, de ver las consecuencias que puede tener no plantearse de qué manera vivimos y por qué. Y yo lo tenía delante.

¿Esto cómo llega al mar? Es decir, ¿cuáles son los mecanismos que permiten que suceda algo así?

La globalización llega al mar cuando después de la Segunda Guerra Mundial nacen las banderas de conveniencia. Son una especie de paraísos fiscales. España, por ejemplo, es tercer registro, que no es bandera de conveniencia pero que sí da beneficios fiscales. Nosotros mismos y nuestra legislación permite esta explotación.

Hay un gran contraste entre la tierra y el mar. Los que vivimos en el Mediterráneo nos hacemos una idea de lugar agradable, siempre lo percibimos desde las costas y tiene un punto de refugio, de identidad. Pero por otro lado, esta idea  - que tiene un punto místico - nos impide percibir de forma nítida lo que pasa. Y ahora nos damos cuenta más que nunca: el Mediterráneo es un cementerio donde mueren miles de personas cada año, y también donde pasan historias como las que cuentas en el libro.

El mar tiene unas lógicas distintas. Hay dos cosas respecto a lo que has dicho: la primera es que este cementerio no sólo es el Mediterráneo, que quede claro. Yo he trabajado aquí porque es lo que me queda más cerca, pero no es nada exclusivo. Y la segunda: nosotros sólo vemos el mar de color azul turquesa. Un mar donde nos adentramos 4, 5 o 6 metros, pero siempre con la referencia de la costa. En cambio, los marineros atraviesan el mar para llevar el 92% de las cosas que utilizamos en el suelo. Y en unas condiciones laborales indignas. Y no sólo por las banderas de conveniencia, sino por cómo es su día a día. Recuerdo que cuando trabajaba en este proyecto fue cuando se empezaron a popularizar los cruceros, el primer crucero que yo recuerdo fue a Cozumel, en México. Estaba haciendo un reportaje sobre cómo los cruceros destrozaban los arrecifes, ¡porque eran cruceros más grandes que la isla! Y también desbarataban el sistema de basuras de la isla, porque era una población muy pequeña, y con la llegada de cruceros reventaban las lógicas. ¡Las mujeres que se depilaban cambiaban las lógicas de aquella isla! Era algo muy bestia. Y los trabajadores de los cruceros estaban explotados. Pero toda la vida ha sido así. El mar cambió cuando los barcos dejaron de ser propiedad de las tripulaciones.

Muchas de las personas que aparecen en tu libro tienen también una idea de la mar muy literaria, de dar salida a un espíritu aventurero e indomable, y de hecho algunos de los marineros abandonados tienen un código al que se aferran en los peores momentos. Recuerdo uno que cuando le toca ser capitán (porque el capitán ya ha abandonado el barco y él es el que tiene el rango más alto de la tripulación) siente una gran responsabilidad y se niega a abandonar la embarcación pase lo que pase.

Ellos tienen relaciones diferentes con el barco y con el mar. Con el barco tienen una relación orgánica, saben que tienen un contrato y que si la abandonan no podrán recuperar los salarios. Muchos de ellos vienen de low income countries - no quiero decir países pobres ni países en vías de desarrollo -, y si no vuelven a casa con un salario dejan la familia endeudada. Nosotros lo miramos todo con óptica occidental, pero ellos tienen que volver con dinero.

Esta es la relación con el barco. ¿La relación con el mar?

La mayoría de marineros que me he encontrado se habían hecho a la mar porque amaban su profesión, amaban su oficio. Gente que ha leído, que quería ver mundo... Después hay otra generación que también forma parte de la radiografía capitalista: gente que trabaja en el mar porque allí los sueldos son más altos que en sus países. Y que trabajan en condiciones muy precarias. El mar copia las lógicas de la tierra. A mí me dicen "has escrito un libro sobre marineros abandonados". Yo creo que he hecho un retrato sobre marineros abandonados en el que intento reflexionar sobre las consecuencias de no tener una perspectiva crítica sobre cómo vivimos.

¿Cómo te posicionas para contar esta historia? Hay momentos en los que te haces muy invisible y momentos en los que no, en los que la escena eres tú.

Hay muchas decisiones. Esta es su historia, pero en aquellos momentos yo sentía que me estaba haciendo de espejo; mi mundo también se estaba hundiendo. Las reglas del mundo empezaban a cambiar en un entorno en el que yo me sentía muy cómoda trabajando, es el máximo momento de la espectacularización de los medios. Momentos donde nos encargaban reportajes sobre cocineros y cosas parecidas. Yo lo tenía que hacer, porque me ganaba así el sueldo, pero no era nadie para escribir sobre cocineros Michelín, además escribía para unos lectores que nunca podrían ir a uno de estos restaurantes. Es una muestra de cómo se arrinconó el interés público, y después nadie sabe explicar el comienzo de la crisis porque en los medios de comunicación todo eran fuegos artificiales.

¿Cómo gestionas la primera persona en el libro?

No la gestiono bien… no. Al final sí, el resultado es bastante digno creo, pero hay un momento dado en el que veo que sacarme del libro no aporta nada a la narración, y que la primera persona me ayuda a crear un vínculo entre todos los puertos. Me asumo a mí misma como una persona más en la historia. Con muchos conflictos. Hay un momento en el que explico que estoy sentada en un inodoro y me pregunto quién soy. No es algo fácil de escribir, de hecho es mucho más fácil no escribirlo. Es desnudarse y es un ejercicio de honestidad, porque las medias tintas no me servían. No me sentía bien escondiendo las sensaciones que tuve siguiendo esta historia. Hay un momento que hago un cuadro donde me comparo con los marineros y veo que estamos a años luz, y de la misma manera que me sirvió a mí para explicarme, también me sirve para explicarles a ellos.

¿Cómo has podido escribir este reportaje?

Porque el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes funcionaba. Funcionaba, y admitía narrativas diferentes, admitía narrativas críticas. Me dieron una beca de mucho dinero para escribir estas historias. En cambio ahora... Yo, la narrativa entorno a la identidad catalana la respeto mucho, pero… ¿de verdad siempre tenemos que ser el centro? La narrativa en torno al nacionalismo ha abandonado otras narrativas que nos ayudaban a ser un país mejor. Hay que tener instituciones que apoyen a los creadores.

¿Por qué estamos donde estamos ahora?

Esto lo tendría que pensar, pero ante todo no hay unos medios públicos libres y críticos. Medios donde se plantee la disidencia, pero sobre todo otros marcos de reflexión posibles más allá de los hegemónicos. Podemos hablar de la independencia, pero otra cosa es crear un marco de pensamiento unitario donde cualquier opinión contraria se censura y autocensura. Sé que hay gente que no me entenderá. Son cosas que pasan cuando eres madre y cuando se habla sobre independencia. Yo tengo dos hijas adoptadas, y tengo muy claro que me gusta mi trabajo y que vengo una vez a la semana en Barcelona. Me considero una persona política, comprometida y sexual, pero fuera del discurso de "la madre". Y hay gente que me dice: haces este discurso porque no las has parido. Pues el discurso sobre la independencia me recuerda a este discurso de "la madre". Donde todo pasa por sentirse catalán. A mí Catalunya me ha acogido y me ha dado identidad periodística, he formado parte de los canales de producción cultural que me han permitido trabajar desde los márgenes pero dentro de los canales. Y no soy anti-independentista, que quede claro.

Curiosamente, los dos discursos, tanto el de la madre como el de la independencia – en los casos de los que tú hablas – son muy simples y esquemáticos, de hecho son binarios. ¿En qué momento el periodismo ha perdido la capacidad para explicar las complejidades y crear pensamiento?

Es necesaria una mirada crítica. Yo veo mensajes que me llegan al móvil por los grupos de Whats App de periodistas amigos que trabajan en medios públicos que explican cómo narramos la actualidad, los hechos o la corrupción .. Me preocupa. Hay espíritu de grabadora, de cubrir las cosas y no de descubrirlas. De no hacer preguntas. Cuidado, hay gente que trabaja muy bien y muy dignamente. Pero hemos pasado de tener unos buenos medios públicos a tener unos medios poco referentes.

¿Qué alternativas tenemos en esto?

Yo estoy en SomAtents, un colectivo de acción periodística. Es maravilloso porque entiende la acción periodística como el que debería ser: una actividad intelectual de gente implicada que cree en la transformación social. Y lo más importante: suma diferentes generaciones. Suma. No impone, ni resta, ni quita. Entonces, en un mundo como el de la comunicación, que ha dado una gran vuelta en los últimos diez años, estas dos miradas son necesarias. En mi generación, que rondamos los 40 años, podemos contar la mirada periodística, el campo periodístico y la ética periodística. Y la generación que tiene veintipocos años ayuda a mirar de otras maneras y llegar a la gente de otras maneras. Hablo de campo periodístico y no de campo mediático, porque el campo periodístico tiene unas normas determinadas. Pero no hay que olvidar que escribimos para que nos lean, yo si puedo llegar a ocho millones de personas, mejor que a siete, por lo tanto no podemos abandonar los canales para llegar a la gente. SomAtents está haciendo cosas muy interesantes en Barcelona, ​​y la ciudad no se está dando cuenta de la potencia del colectivo, es un colectivo que en cualquier otra ciudad tendría más impacto. Barcelona siempre se mira el ombligo, es una ciudad que cree que ya está todo hecho.

¿Los cambios en las instituciones de Barcelona no han alterado las reglas del juego?

A ver, sí que han cambiado muchas cosas. ¡Tenemos un sindicato de manteros! Ojo, que debemos de ser la única ciudad de España que lo tiene, ¿qué tipo de ciudad permitiría tener un sindicato de manteros? Personas con una persecución policial y con una ley encima que se organiza. También te digo que no creo que el periodismo esté a la altura de los movimientos sociales que hay ahora en Barcelona. Los periodistas debemos explicar por qué somos importantes y al mismo tiempo tenemos que bajar del pedestal. Muchos de vosotros [periodistas entre 20 y 30 años] habéis trabajado en gabinetes de prensa, en publicidad... Hay que recordar por qué somos importantes. ¡Y no por el ego! Importantes para la sociedad.

¿Y cómo se paga un alquiler o una compra en el supermercado? Nadie trabaja en gabinetes de prensa ni de community manager por gusto.

Hay ejemplos. Mira 5W. Mira Panenka. Son gente que se mueve por todos los canales, convierten los autores en firmas y consiguen socios. La ciudadanía siempre nos ha dado lecciones, ha sido así toda la vida. Los periodistas han dejado de hacer su trabajo, hacen información espectacularizada y no explican cómo vivimos, y por eso los ciudadanos se quisieron convertir en periodistas. ¡Lo del periodismo ciudadano! Es gente que no se siente contada: como vosotros no haga su trabajo, la haremos nosotros, porque el periodismo es necesario. Pero vaya: esta semana presentamos la recuperación de la memoria histórica de la Prisión de Reina Amalia, el libro que he escrito es fruto de la manera de entender el periodismo que tenemos en somatenes, no paramos de hacer cursos en diferentes lugares y estamos publicando en nuestro magacín un monográfico sobre adicciones. Es nuestro camino.

Por último, te pido que escojas una palabra.

Cambuix. ¡Está aceptado por el IEC! Es el mote de mi familia, yo vivo en Sant Joan y el cambuix es la parte del cabello que nunca se peina del todo. Se dice en mi familia que durante unos años, hace unas generaciones, los nietos morían porque tenían un problema de equilibrio en la cabeza. Algunos de mis antepasados ​​murieron, y de ahí el mote de mi familia: Cambuix. Es una palabra que tengo apadrinada.

Texto: Oriol Soler

Fotografías: Albert Gomis

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